Donde habita el sonido vive el
silencio
Un micropoema de la cubana Fina
García Marruz, titulado Cine mudo dice: “No es que le falta/ el sonido,
/ es que tiene/ el silencio.”
Pienso en él tras terminar de
leer la novela Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, de la joven
escritora ecuatoriana Mónica Ojeda. Se ha dicho que es una obra que nos acerca
a las múltiples lecturas que logramos del efecto del sonido en el cuerpo. Pero
yo, me he fijado más en los silencios de la trama, en los hilos conductores que
se valen de la ausencia de voz para guiarnos a pensar en lo que no existe y lo
que está más allá.
En el Año 5540 del calendario
andino, Noa decide salir de la violenta Guayaquil y viajar a la altura de los
Andes, donde asiste a un festival de música a los pies de un volcán. En el
certamen ocurre de todo, conciertos que hacen temblar la tierra bajo los pies
de los asistentes, visiones extrasensoriales, sonidos estridentes, reencuentros
con un padre y algún que otro desafuero.
Ojeda nos conduce con maestría a
cuestionarnos esas relaciones parentales que para todos son únicas e
irrepetibles. El padre de Noa -a quien ella busca-, la abandonó siendo niña,
pero tras reencontrase, los lazos afectivos vuelven a tensarse -a hacerse
firmes, como cuando tiemplas un tramo de hilo- a pesar de lo ocurrido en el
pasado. El padre de Noa la cuida y la protege de los diablos que la acechan,
acercándose a su ventana, riendo a carcajadas. Esos Aya Huma (Cabeza de diablo
en quichua) son un símbolo en las comunidades indígenas de Ecuador, y no están
allí en las páginas de la obra en vano, son -quiero pensar- un llamado que nos
hace la autora para que nos reencontremos con nuestros propios monstruos,
aquellos que se esconden debajo de nuestras camas desde que somos niños.
La novela es maravillosa, con un
manejo del lenguaje poético impresionante, una musicalidad de la palabra
espléndida, lo que nos demuestra una vez más que los límites de los géneros
literarios se desdibujaron hace mucho tiempo, en la novela hay poesía y en la
poesía, claro que sí, también hay narrativa.
La autora sabe lo que hace, y lo
hace muy bien, si como bien dice: “Uno nunca le hace caso a lo que debería.
Uno quiere equivocarse para tener algo que contar, para bailarle encima al
error.” (Ojeda, 2024, pág. 163)
Chamanes eléctricos en la
fiesta del sol nos vuelve a demostrar que la narrativa ecuatoriana no es
una isla escondida, sino que habita en el cráter de un coloso, esperando el
momento adecuado para estallar y derramarse como lava por todos los rincones
del planeta.
*Pablo Virgili Benítez, es escritor. Tiene una
Diplomatura en Didáctica de la Lengua y la Literatura por la Universidad
Autónoma de Chile.
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