jueves, 18 de abril de 2024

Donde habita el sonido vive el silencio


Donde habita el sonido vive el silencio

Un micropoema de la cubana Fina García Marruz, titulado Cine mudo dice: “No es que le falta/ el sonido, / es que tiene/ el silencio.”

Pienso en él tras terminar de leer la novela Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, de la joven escritora ecuatoriana Mónica Ojeda. Se ha dicho que es una obra que nos acerca a las múltiples lecturas que logramos del efecto del sonido en el cuerpo. Pero yo, me he fijado más en los silencios de la trama, en los hilos conductores que se valen de la ausencia de voz para guiarnos a pensar en lo que no existe y lo que está más allá.

En el Año 5540 del calendario andino, Noa decide salir de la violenta Guayaquil y viajar a la altura de los Andes, donde asiste a un festival de música a los pies de un volcán. En el certamen ocurre de todo, conciertos que hacen temblar la tierra bajo los pies de los asistentes, visiones extrasensoriales, sonidos estridentes, reencuentros con un padre y algún que otro desafuero.

Ojeda nos conduce con maestría a cuestionarnos esas relaciones parentales que para todos son únicas e irrepetibles. El padre de Noa -a quien ella busca-, la abandonó siendo niña, pero tras reencontrase, los lazos afectivos vuelven a tensarse -a hacerse firmes, como cuando tiemplas un tramo de hilo- a pesar de lo ocurrido en el pasado. El padre de Noa la cuida y la protege de los diablos que la acechan, acercándose a su ventana, riendo a carcajadas. Esos Aya Huma (Cabeza de diablo en quichua) son un símbolo en las comunidades indígenas de Ecuador, y no están allí en las páginas de la obra en vano, son -quiero pensar- un llamado que nos hace la autora para que nos reencontremos con nuestros propios monstruos, aquellos que se esconden debajo de nuestras camas desde que somos niños.

La novela es maravillosa, con un manejo del lenguaje poético impresionante, una musicalidad de la palabra espléndida, lo que nos demuestra una vez más que los límites de los géneros literarios se desdibujaron hace mucho tiempo, en la novela hay poesía y en la poesía, claro que sí, también hay narrativa.

La autora sabe lo que hace, y lo hace muy bien, si como bien dice: “Uno nunca le hace caso a lo que debería. Uno quiere equivocarse para tener algo que contar, para bailarle encima al error.” (Ojeda, 2024, pág. 163)

Chamanes eléctricos en la fiesta del sol nos vuelve a demostrar que la narrativa ecuatoriana no es una isla escondida, sino que habita en el cráter de un coloso, esperando el momento adecuado para estallar y derramarse como lava por todos los rincones del planeta.

*Pablo Virgili Benítez, es escritor. Tiene una Diplomatura en Didáctica de la Lengua y la Literatura por la Universidad Autónoma de Chile.

                                                                Línea de tiempo: 


21 de junio de 2016. Mónica presentó en LibriMundi- Quito la segunda edición de su primera novela "La desfiguración silva" Premio Alba Narrativa. Allí estuve e intercambiamos libros, le obsequié mi primer poemario "Amores Contrariados" publicado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo de Imbabura. 

Facsímil del autógrafo y dedicatoria que me escribió en esa ocasión: "Para Pablo. Gracias por la amistad que nos une a través de la escritura". 


Este fue el retrato que hice de Mónica, es parte de mi serie de dibujos Nuestra piel volcánica. 



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